¿Qué hace un buscador de semillas y por qué es tan importante?

Trepar a los árboles y robarle a las ardillas es una forma de explicar el trabajo de los buscadores de semillas. Cada vez hay menos buscadores experimentados, pero son fundamentales para los ambiciosos objetivos de plantación de árboles de Estados Unidos. Conozcamos de otra forma la importancia de recoger y guardar las semillas, esta vez de la mano de Don Grandorff, que lleva 45 años buscando semillas, del trepador de árboles Robert Beauchamp que las recolecta y de Matthew Aghai, director de investigación y desarrollo biológico de la empresa de reforestación DroneSeed. Veremos cómo es su trabajo recogiendo las semillas de pinos Ponderosa en los bosques de Estados Unidos.
Buscadores de semillas
Las frágiles agujas y ramitas de los pinos crujen bajo las botas de Don Grandorff cuando atraviesa el Bosque Nacional Deschutes en Oregón, Estados Unidos, a la caza de semillas de pino Ponderosa. El aire de agosto está cargado de perfume de savia y humo de incendios forestales.
Grandorff enseguida detecta los indicios del escondite de una ardilla: racimos de agujas verdes de pino esparcidas por el suelo del bosque, un cono recién mordisqueado y un largo y poco profundo sendero de tierra que desaparece bajo un tronco.
Señala un hueco en las agujas en la punta de las ramas revela que una ardilla ha pasado por allí. «La mayoría de la gente no parece ser capaz de verlo», dice este hombre de 74 años mientras serpentea entre los pinos de corteza escamosa.
Los padres de Grandorff le enseñaron de adolescente a leer el bosque. Ellos formaron parte de una red de recolectores de conos cuyo apogeo se remonta al Cuerpo de Conservación Civil del presidente F. D. Roosevelt. Detrás de él va Matthew Aghai, para aprender las técnicas tradicionales de recolección.
Grandorff se detiene: «Mira, justo ahí abajo». Entre dos grandes rocas en la orilla de un arroyo está lo que ha venido a buscar: un alijo de piñas. En el interior de cada una hay hasta 10 semillas de color blanco nacarado, cada una de ellas no más grande que una lenteja, que un día podrían alcanzar más de 60 metros de altura y absorber al menos 21 kilogramos de dióxido de carbono cada año.
En los próximos 20 años, Estados Unidos pretende plantar miles de millones de árboles más para restaurar millones de hectáreas de bosques quemados y ayudar a compensar las emisiones de carbono que calientan el planeta. Sólo en el Oeste, unos 10 millones de acres de tierra recientemente quemada esperan ser replantados. Sin embargo, en las últimas décadas ha disminuido el número de recolectores de semillas cualificados en Estados Unidos, aunque no está claro en qué medida, ya que el trabajo es estacional; también es agotador, y no se paga mucho. Menos recolectores significa menos semillas y, en última instancia, menos árboles nuevos.
A medida que la sequía y los incendios se intensifican debido al empeoramiento del cambio climático, la acumulación de tierras por reforestar aumenta a un ritmo insostenible, según los expertos.
Un negocio inconstante
Las semillas, los embriones de la futura descendencia, comienzan a formarse tras la polinización de primavera. Como parte de la estrategia de supervivencia de la especie, la abundancia de las semillas varía según el año. La producción de semillas requiere mucha energía para los árboles, y después de varios años de escasez de semillas puede haber un exceso repentino de oferta. Es imposible que los animales se las coman y distribuyan todas, lo que garantiza que algunas broten en plántulas. Se cree que el calendario de estas cosechas abundantes -conocidas como mástiles- está sincronizado, y que los árboles se comunican a través de señales químicas transmitidas por el aire o mediante redes de raíces subterráneas.
Una buena cosecha de semillas solo se produce una vez cada tres o siete años, dependiendo de la especie vegetal, dado el irregular calendario de reproducción. Así, 2020 fue un buen año de abeto Douglas y 2016 fue importante para el abeto noble. En cambio en el año 2021 en toda la zona conocida como Cascadia, eran las puntas de las ramas de los pinos Ponderosa las que estaban repletas de conos.
Estas semillas eran muy necesarias para restaurar los más de 167 000 hectáreas quemadas en el mes de julio de ese año por el incendio de Bootleg, en el sur de Oregón, el tercer mayor incendio forestal del estado desde 1900. Según Aghai, para reforestar esas tierras con 150 árboles por acre (unos 4000 metros cuadrados) mediante plántulas germinadas en un invernadero -suficientes para que los árboles se recuperen rápidamente sin saturar el bosque- se necesitarían unas 8 toneladas de semillas de pino Ponderosa. Si las semillas se arrojaran desde el cielo con un avión, un método convencional con un bajo índice de germinación, se necesitarían unas 180 toneladas para asegurar que suficientes semillas llegan a la edad adulta.
El tiempo lo es todo, dice Aghai; cuanto más tiempo se tarde en reforestar después de un incendio, más probable será que la maleza y los arbustos invasores se apoderen de la zona. Pero a menudo es difícil encontrar las semillas adecuadas para un paisaje concreto, ya sea debido al tipo de semilla, la cantidad o la calidad. Y es aún más difícil cuando hay que actuar con rapidez, como después de una catástrofe natural. El riesgo es que la tierra no vuelva a ser el mismo ecosistema que era antes.
Los recolectores deben ir a la naturaleza para obtener semillas de alta calidad de suficientes especies, lo que es vital para la restauración de tierras saludables. Pero hay una ciencia para hacerlo correctamente, desde predecir la semana exacta en que las semillas estarán listas hasta entender cómo recoger un amplio suministro sin agotar el sistema.
La clave está en coger la piña cuando aún está cerrada y con las semillas guardadas en su interior; si las alas leñosas se abren y liberan las semillas -como la mayoría de las piñas que un transeúnte puede arrancar del suelo- es demasiado tarde.
El largo proceso de recolección de las semillas de los pinos Ponderosa comienza en el Centro de Reforestación L.A Moran. Después de la entrega, los conos se colocan bajo el cobertizo de conos y desde allí se llevan a un horno y se secan. Una vez secados, los conos se introducen en la secadora de conos, donde se sacuden las semillas para liberarlas.
El arte de la recolección de semillas se aprende en gran medida con la práctica. Pero existen programas para convertirse en arborista certificado. Aunque no hay cifras concretas sobre el número de recolectores de semillas cualificados -sobre todo porque se trata de un trabajo estacional-, todo el mundo está de acuerdo en que se necesita mucha más gente que entienda el bosque y sepa trepar a los árboles.
Además, a medida que la sequía asociada al cambio climático alarga la temporada de incendios forestales, lo que está en juego es más importante que nunca.
Es una realidad que Grandorff ha visto desarrollarse rápidamente. «En las zonas muy quemadas», dice, «no vive nada». Pueden pasar 20 años hasta que los árboles vuelvan a madurar y las ardillas regresen.
En busca de una solución
Para ayudar a aumentar la cantidad de semillas recogidas, Aghai prevé utilizar a los ciudadanos de a pie, además de a los trabajadores cualificados, una red comercial en la que los recolectores lleven los conos a centros de distribución de terceros, que los comprarían y entregarían en las instalaciones de DroneSeed.
Al acompañar a los recolectores tradicionales este año, Aghai espera involucrarlos en «la revolución tecnológica que va a llegar para la reforestación». Esto incluye el uso de herramientas de modelado digital para determinar las zonas de semillas y dónde plantar en función de la altitud y las condiciones climáticas, así como el despliegue de enjambres de drones para dispersar estratégicamente las semillas.
De pie en medio del bosque, con el arroyo corriendo debajo, Grandorff dice: «La recolección en sí no ha cambiado mucho; probablemente nunca va a cambiar».
Eso incluye el seguimiento de las ardillas. «Ya he sacado seis u ocho fanegas de un alijo del arroyo», dice, lo que ilustra la recompensa potencial de robar a las ardillas en lugar de a los árboles.
Una pequeña ardilla negra con el vientre rojizo corretea por los troncos caídos con una piña en la boca. «Tendré que recordarlo», se ríe Grandorff, planeando su próxima incursión. «Seguro que tiene un bolsillo ahí arriba».
El artículo original (más completo) se publicó en 2021 en inglés en nationalgeographic.com. Las fotografías son de CHRISTIE HEMM KLOK.